Venimos de lo desconocido y a lo desconocido volvemos.

En el interludio, cada copo de nieve cae exactamente en el lugar donde debe caer.
Sobre rosas y margaritas
EL JARD1N DEL SULTAN, antes exuberante y suntuoso, estaba agoni­zando. En los árboles se secaban las hojas en plena primavera, en los arbustos se marchitaban los capullos antes de abrirse y las flores es­taban mustias o caídas por el suelo.
El desconcertado sultán preguntó a la encina qué era lo que le su­cedía, y ésta le contestó que se estaba muriendo porque no podía pro­ducir uvas. Cuando le preguntó a la cepa de vid, ésta sacudió triste­mente sus sarmientos sin hojas y le dijo que tenía que morir porque no podía crecer hasta alcanzar la altura de un ciprés. Y el ciprés esta­ba agonizando porque no podía florecer y tener el aroma de una rosa; la rosa, sin embargo, no queria vivir más porque no podía tener el as­pecto del loto.
En el fondo del jardín, el sultán encontró una pequeña flor que no se había marchitado y que se mecía al compás del viento, hermosa­mente viva: era una margarita.
«¿Cómo es que tú eres la única que florece?», le preguntó el sultán a la margarita.
«Porque pienso que si tú hubieras querido una encina, una cepa de vid, un ciprés, una rosa o un loto en mi lugar los hubieses plantado. Pero como me has plantado a mi y de todas formas no puedo ser otra cosa que lo que soy, deseo ser simplemente una margarita».
*
LA MAYORlA DE LAS PERSONAS creen que si tuvieran esta o aquella cualidad, si fuesen más inteligentes, atractivas, delgadas o más ri­cas sería sencillo disfrutar de una vida plena. Pero nadie puede ser otra cosa distinta de lo que es. La pregunta correcta no es «¿qué quiero ser?», sino «¿qué puedo ser?».
Tú eres como eres, porque la existencia necesita que seas de esa manera y no de otra. Si no hubieras creado algo diferente en tu lugar.
Si Dios o el universo hubieran querido nada más que Claudias Schif­fer habría creado un sinfín de ellas. Si Dios hubiera querido sobre esta Tierra únicamente Ghandis, no habría tenido ningún problema. Si Dios hubiera querido sólo Budas iluminados, ¿quién se lo hubiera impedido? Sin embargo, te ha creado a ti. A ti, con todas tus debilidades e imper­fecciones.
Nadie puede ser otra persona. Solamente puedes hacer florecer tu propio ser; o marchitarte, si es que lo rechazas o luchas en su contra.
[Eres perfecto tal como eres’ y para cada ser humano se aplica lo mismo. Cada uno forma parte de un gran puzzle que estaría incomple­to sin él y sin su esencia tal como es. Tú eres como eres, porque eres una pieza que encaja exactamente con las demás piezas del gran puzzle.
A la existencia no le hace falta un segundo Buda o un nuevo Jesús; éstos ya han cumplido con lo que debían hacer. La existencia quería personas como tú y como yo, con nuestra «imperfecta» perfección.
Muchas de nuestras valoraciones sobre nosotros mismos y sobre los demás se desarrollan de forma tan automática que ni nos damos cuen­ta del daño que podemos hacerles. Sin pensarlo, sin ser conscientes, les arrojamos frases hirientes como dardos a nuestros hijos, nuestra pareja o nuestros amigos, sin advertir lo que éstas pueden provocar en ellos. Juzgamos su conducta y su aspecto, y después nos asombramos si nos sentimos mal. Puede que lo hagamos con la mejor de las intenciones, pero las consecuencias pueden ser desastrosas, aunque no queramos que sufran daño alguno.
Un buen ejercicio para contrarrestar esta tendencia destructiva con­siste en considerar primero si lo que vamos a decir refuerza o debilita. Lo que estás pensando o haciendo justamente ahora, ¿te refuerza o te de­bilita?
La próxima vez, antes de decirle a tu hijo que con las notas que tiene no se va comer ni una rosca en la vida, razona: ¿lo refuerzas o lo debilitas con esta frase? La próxima vez que te encuentres ante un reto observa tus pensamientos y sentimientos, y pregúntate: «¿Me dan fuer­za estos pensamientos y sentimientos, o me debilitan?».
¿Tienes de vez en cuando el impulso de cantarle las cuarenta a tu pareja, a tu amigo o a tu superior? Entonces medita primero: ¿Se re­fuerza o debilita el otro, o tú, con lo que vas a decir? ¿Consigues con ello lo que pretendes, o más bien lo contrario?

Venimos de lo desconocido y a lo desconocido volvemos. En el interludio, cada copo de nieve cae exactamente en el lugar donde debe caer. Sobre rosas y margaritas EL JARD1N DEL SULTAN, antes exuberante y suntuoso, estaba agoni­zando. En los árboles se secaban las hojas en plena primavera, en los arbustos se marchitaban los capullos antes de abrirse y las flores es­taban mustias o caídas por el suelo. El desconcertado sultán preguntó a la encina qué era lo que le su­cedía, y ésta le contestó que se estaba muriendo porque no podía pro­ducir uvas. Cuando le preguntó a la cepa de vid, ésta sacudió triste­mente sus sarmientos sin hojas y le dijo que tenía que morir porque no podía crecer hasta alcanzar la altura de un ciprés. Y el ciprés esta­ba agonizando porque no podía florecer y tener el aroma de una rosa; la rosa, ‘sin embargo, no queria vivir más porque no podía tener el as­pecto del. loto. En el fondo del jardín, el sultán encontró una pequeña flor que no se había marchitado y que se mecía al compás del viento, hermosa­mente viva: era una margarita. «¿Cómo es que tú eres la única que florece?», le preguntó el sultán a la margarita. «Porque pienso que si tú hubieras querido una encina, una cepa de vid, un ciprés, una rosa o un loto en mi lugar los hubieses plantado. Pero como me has plantado a mi y de todas formas no puedo ser otra cosa que lo que soy, deseo ser simplemente una margarita».
LA MAYORlA DE LAS PERSONAS creen que si tuvieran esta o aquella cualidad, si fuesen más inteligentes, atractivas, delgadas o más ri­cas sería sencillo disfrutar de una vida plena. Pero nadie puede ser otra cosa distinta de lo que es. La pregunta correcta no es «¿qué quiero ser?», sino «¿qué puedo ser?». Tú eres como eres, porque la existencia necesita que seas de esa manera y no de otra. Si no hubieras creado algo diferente en tu lugar. Si Dios o el universo hubieran querido nada más que Claudias Schif­fer habría creado un sinfín de ellas. Si Dios hubiera querido sobre esta Tierra únicamente Ghandis, no habría tenido ningún problema. Si Dios hubiera querido sólo Budas iluminados, ¿quién se lo hubiera impedido? Sin embargo, te ha creado a ti. A ti, con todas tus debilidades e imper­fecciones. Nadie puede ser otra persona. Solamente puedes hacer florecer tu propio ser; o marchitarte, si es que lo rechazas o luchas en su contra. [Eres perfecto tal como eres’ y para cada ser humano se aplica lo mismo. Cada uno forma parte de un gran puzzle que estaría incomple­to sin él y sin su esencia tal como es. Tú eres como eres, porque eres una pieza que encaja exactamente con las demás piezas del gran puzzle. A la existencia no le hace falta un segundo Buda o un nuevo Jesús; éstos ya han cumplido con lo que debían hacer. La existencia quería personas como tú y como yo, con nuestra «imperfecta» perfección. Muchas de nuestras valoraciones sobre nosotros mismos y sobre los demás se desarrollan de forma tan automática que ni nos damos cuen­ta del daño que podemos hacerles. Sin pensarlo, sin ser conscientes, les arrojamos frases hirientes como dardos a nuestros hijos, nuestra pareja o nuestros amigos, sin advertir lo que éstas pueden provocar en ellos.

Juzgamos su conducta y su aspecto, y después nos asombramos si nos sentimos mal. Puede que lo hagamos con la mejor de las intenciones, pero las consecuencias pueden ser desastrosas, aunque no queramos que sufran daño alguno. Un buen ejercicio para contrarrestar esta tendencia destructiva con­siste en considerar primero si lo que vamos a decir refuerza o debilita. Lo que estás pensando o haciendo justamente ahora, ¿te refuerza o te de­bilita? La próxima vez, antes de decirle a tu hijo que con las notas que tiene no se va comer ni una rosca en la vida, razona: ¿lo refuerzas o lo debilitas con esta frase? La próxima vez que te encuentres ante un reto observa tus pensamientos y sentimientos, y pregúntate: «¿Me dan fuer­za estos pensamientos y sentimientos, o me debilitan?». ¿Tienes de vez en cuando el impulso de cantarle las cuarenta a tu pareja, a tu amigo o a tu superior? Entonces medita primero: ¿Se re­fuerza o debilita el otro, o tú, con lo que vas a decir? ¿Consigues con ello lo que pretendes, o más bien lo contrario?

Marlies y Klaus Holitzka

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One Response to Venimos de lo desconocido y a lo desconocido volvemos.

  1. AndreX dice:

    interesante, jusgamos y mas cuando estamos en las dificiles. Con un estado de conciencia mas elevado se evita ese tipo de situaciones, los estados de conciencia nivelan tus emociones desciciones intenciones y te dan la frecuencia en donde debes estar segun tu avance evolutivo, que tan libiano eres o que tan oscuro estas? Creo q hubiece sido muy aburrido estar lleno de Jesus o de Budas, ese tipo de conciencias, y de frecuencias, ya nos dieron el msn, asi que solo queda ser mejores que ellos, esa es la idea en este plano.

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